En octubre de este año cumplimos un sueño que teníamos anotado hace tiempo: bucear entre las ruinas de una ciudad romana. Muy cerca de Nápoles, bajo las aguas del golfo de Pozzuoli, descansa Baia, la ciudad sumergida.
Una ciudad que se fue hundiendo
Hace dos mil años, Baia era uno de los lugares de descanso preferidos de la aristocracia romana: villas frente al mar, termas, jardines y mosaicos. Pero esta zona, los Campos Flégreos, es volcánica, y el suelo sube y baja lentamente con el tiempo. Ese fenómeno, el bradisismo, fue hundiendo la ciudad poco a poco hasta dejar buena parte bajo el agua.
Hoy esas ruinas forman el Parque Arqueológico Sumergido de Baia, un área marina protegida donde se puede bucear entre calles, muros y pisos que alguna vez pisaron los romanos.
Antes de bajar
Las sensaciones eran distintas a cualquier otro buceo. Estábamos acostumbrados a buscar corales, peces y vida marina; esta vez íbamos a ver algo completamente diferente.
En el briefing, la guía nos contó toda la historia del lugar y nos mostró fotos de cómo era cada sector y de lo que íbamos a encontrar. Habíamos visto ruinas en otros lugares, en Roma, por ejemplo, pero saber que íbamos a recorrerlas buceando nos tenía con una expectativa enorme.
De espaldas, hacia la historia
Llegamos al punto de inmersión en lancha y entramos al agua con la caída típica de los buzos: sentados en el borde, de espaldas al mar, nos dejamos caer hacia atrás. Un segundo de burbujas y desorden, y enseguida el silencio.
El agua estaba a unos 23 grados y nos movíamos siempre entre los 3 y los 5 metros de profundidad. Que sea tan poco profundo lo hace todavía más especial: la luz llega hasta el fondo y deja ver todo con claridad. A los pocos minutos empezamos a reconocer formas que no eran rocas: paredes de ladrillo, columnas caídas, umbrales de puertas.

Estábamos buceando por donde caminaron personas hace casi dos mil años. Por sus casas, sus calles, sus baños. Es difícil explicar lo que se siente.
Cada metro que avanzábamos era historia.
Mosaicos que aparecen y desaparecen
Muchos de los pisos de mosaico están cubiertos por una capa de arena, y eso es justamente lo que los mantuvo intactos durante siglos. En algunos sectores, la guía, y solo ella, destapaba con cuidado una parte del piso para que pudiéramos verlo: pequeñas teselas formando mosaicos que sobrevivieron siglos bajo el mar.

Después lo volvía a cubrir, tal como estaba. Usa una técnica que le enseñaron los expertos del parque, y nadie debe ayudarla: un movimiento de más y se puede dañar lo que el mar protegió durante tanto tiempo. Ver ese cuidado, en primera persona, fue de lo que más nos emocionó.
Termas bajo el mar
También recorrimos restos de las termas, incluso del sistema que usaban como saunas naturales, aprovechando el calor de una tierra volcánica. Imaginar a los romanos relajándose ahí, donde ahora pasaban peces a nuestro lado, era alucinante.

Estatuas entre los peces
En otra zona del parque aparecen estatuas: figuras de mármol recostadas en el fondo, con peces pasando alrededor como si fueran parte del paisaje. Son réplicas de las originales, que hoy se conservan en el museo arqueológico del castillo de Baia, pero estar frente a ellas bajo el agua impresiona igual.
El mar se fue adueñando de todo: las esponjas crecen sobre los muros, los pulpos se esconden en las grietas y los cardúmenes recorren las antiguas habitaciones. La historia y la vida marina conviviendo en el mismo lugar.
Dos inmersiones, 35 minutos cada una
Hicimos dos inmersiones de unos 35 minutos cada una. Parece poco tiempo, pero a esa profundidad y con tanto para mirar, cada minuto rinde el doble. En la segunda ya íbamos más sueltos, reconociendo lugares que la guía nos había mostrado en el briefing.
Lo que nos llevamos
Salimos del agua con la sensación de haber viajado en el tiempo. En Curaçao el mar nos había mostrado su vida; en Baia nos mostró también nuestra historia. Y nos recordó algo que intentamos transmitir siempre: el océano guarda mucho más de lo que se ve desde la superficie, y por eso vale tanto la pena cuidarlo.
Si querés bucear en la ciudad sumergida de Baia
- Dónde: en Bacoli, en el golfo de Pozzuoli, a unos 20 km de Nápoles (Italia).
- Siempre con guía: es un área marina protegida y solo se puede bucear con centros de buceo autorizados. Se llega en lancha.
- No te pierdas el briefing: conocer la historia y ver fotos de cada sector antes de bajar hace que la inmersión se disfrute el doble.
- Apto para principiantes: las inmersiones son poco profundas. Nosotros hicimos dos de unos 35 minutos, siempre entre 3 y 5 metros.
- Llevá un poco más de lastre de lo habitual: al estar tan cerca de la superficie cuesta más mantenerse abajo y estable. Unos kilos extra ayudan a quedarte quieto sobre los mosaicos sin tocarlos.
- Si no buceás: también se puede recorrer haciendo snorkel o en barcos con fondo de vidrio.
- Mejor época: de junio a septiembre, con el agua más cálida (entre 24 y 27 °C) y el mar más calmo. El parque abre todo el año: nosotros fuimos en octubre, con el agua a unos 23 °C y algo de frío al salir. En invierno baja a unos 13 °C, así que fuera del verano conviene un traje más grueso.
- Respetá el sitio: no toques los mosaicos ni las estructuras y cuidá tu flotabilidad para no levantar sedimento. Solo el guía puede destapar los pisos: no muevas la arena ni intentes ayudar.
- Completá la visita: el Museo Arqueológico de los Campos Flégreos, en el castillo de Baia, guarda las estatuas originales.
¿Buceaste en algún naufragio o sitio histórico? Contanos tu historia.