Cómo me enamoré del mundo submarino
El agua nunca me dio miedo, siempre fui medio pez. Lo que me impresionaba era lo que había debajo: las profundidades, las rocas en el fondo, la oscuridad y la idea de estar cerca de animales grandes.
Hoy soy buza Advanced, con mucho que aprender aún, pero entre aquella impresión y este presente hubo un viaje a Maldivas, una primera bocanada de aire bajo el agua y un amor por el océano que me cambió la vida.
Lo que me impresionaba
Siempre me gustó el mar. Pero mirar hacia abajo era otra cosa: me daban mucha impresión las profundidades, ver las rocas en el fondo, no distinguir qué había más allá y pensar en cruzarme con animales grandes.
Bucear era algo que hacían otros: yo lo miraba en fotos y videos, con admiración y con un poco de distancia. Pero había una pregunta que siempre me rondaba: ¿qué es exactamente lo que me da miedo?
¿Ahogarme? ¿La oscuridad? ¿Tocar el fondo? ¿La profundidad infinita? ¿La soledad? ¿No saber comunicarme ahí abajo? ¿O que “algo” me agarre de los pies y me lleve?
Todavía no tenía las respuestas, pero estaba a punto de empezar a descubrirlas.
Maldivas, la primera vez
Todo cambió en mi primer viaje a Maldivas. Estaba enfocado en desafiarme: mucho snorkel, saltos desde el barco una y otra vez y esa frustración de no poder aguantar la respiración lo suficiente como para disfrutar un poquito más de lo que había debajo del agua. Hasta que por primera vez y, casi sin pensarlo, me animé a hacer un bautismo de buceo. Me acuerdo de los nervios en el briefing (de olvidarme alguna seña), en el barco (que los ocultaba bailando), antes de entrar al agua (aunque no sabía muy bien si mi cabeza iba a dejar que salte al agua), de la primera respiración con el regulador (y de lo fijo que yo miraba a mi instructor) y después, del silencio.
Ese silencio.
Lo que vi en esos días entre snorkel y buceo no se me va a olvidar nunca: tiburones nodriza, mantas, rayas, tortugas y un tiburón ballena para coronar la experiencia. En algún momento me di cuenta de que la impresión ya no estaba. La habían reemplazado la curiosidad, el asombro y unas ganas enormes de volver a bajar.

Lo que más me impresionaba terminó siendo lo que más me enamoró.
De vuelta a casa, directo a Tailandia
Apenas volví, me sentí rara. Muy rara, y con ganas de más. Y fue así como surgió el próximo destino: Tailandia, junto a una chica que había conocido en Maldivas y que estaba tan ilusionada como yo de experimentar todas estas nuevas sensaciones (hoy amiga y buddy de aventuras).

El objetivo de este viaje era certificarme como buza, con sólo la idea de hacer el primer curso, pero el entusiasmo pudo más. Me quedé, seguí buceando y llegué al Advanced.
Cada inmersión me daba un poquito más de confianza. Aprendí a respirar tranquila, a controlar mi flotabilidad y, sobre todo, a disfrutar. Lo que antes me impresionaba se convirtió en el lugar donde más en paz me siento.
Lo que me dio el océano
Hoy el mar es parte de quien soy. Me conecta con la naturaleza, con otras personas que sienten lo mismo y conmigo misma. Y cuanto más lo conozco, más ganas tengo de explorarlo y cuidarlo.

¿Y después?
¿Mi primera vez buceando en Italia? ¿Una antigua ciudad sumergida?
Bueno, “superada” la talasofobia, entra un poco en juego la submecanofobia. ¡Pero eso será para otro capítulo! 😂
Si te impresiona lo profundo, te entiendo: a mí también me pasaba. Solo te digo una cosa: no hace falta perder el miedo para animarse a dar el primer paso. A veces alcanza con contagiarse las ganas de intentarlo.
Hoy agradezco a ese miedo que, sin saberlo, me obligó a descubrir de lo que soy capaz.
Me puse todos los “peros” posibles, y cuando digo todos, son todos… pero, en fin, lo estoy logrando.
Y vos, ¿cómo es la vida de tus sueños? 🌊💙🧜🏻♀️
Quizás esté esperándote del otro lado de alguno de tus miedos. Quizás el océano te está esperando.
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